30 de marzo de 2020

Encerrados por el vírus


El diario de los cabernícolas, semana 2.

Aquí seguimos ya dos semanas con el confinamiento, metidos en la cueva con mi pequeña de 4 años, su padre y yo.
Por un lado, he descubierto que también este mal tiene también su cara positiva, en forma del tiempo que nos han regalado para estar juntos, aprender juntos, explorar los límites de nuestra imaginación, de paciencia, de aceptar las cosas. Mi hija Leire ha sido la que mejor se lo ha tomado y creo debemos aprender de los niños.
Voy a nombrar todas las cosas positivas del confinamiento que se me han ocurrido.
A los niños les encanta hacer actividades con los papás, posiblemente no teníamos tanto tiempo para esto cuando iban al cole. Nuestra rutina diaria consistía en llevarles a las 9 al cole, a las cinco de la tarde íbamos al parque a jugar, a las siete a casa; tocaba el baño, ponerse el pijama, jugar un rato mientras preparaba la cena y después el cuento ya dormir. Ya veis, para jugar juntos, prácticamente no nos daba tiempo. Ahora podemos prestarle atención individualizada, cosa que en el colegio, con 25 niños por aula evidentemente no pueden hacer. Enseguida me doy cuenta cuando hay que repasar algo, cuando no ha entendido algo y se lo explico y así no pierde el hilo.
Mi niña en el cole se siente un poco tímida e insegura hablando y no le gusta el alboroto. En casa, después de una semana, se le nota un avance importante en el nivel de habla y se expresa con mucha seguridad. Bueno, no para de hablar, jiji
Aprendemos todos los días algo de inglés. En el colegio donde iba antes de mudarnos, en Navarra, se les hablaba inglés casi todo el día. Y se notaba. Aquí en Alicante, la verdad que con las dos clases de inglés a la semana, no noto mucho avance, además de que se ha añadido otra lengua más, el valenciano, lo cual hace que la niña que ya tenía que aprender castellano, estonio (la lengua materna que tampoco le puedo dar mucha caña con todo el babel de idiomas que hay), inglés y ahora también valenciano, su pobre cabeza tiene un buen lío. Lo que sí tengo claro que para su futuro, necesita saber bien de inglés y castellano perfecto tanto hablado como escrito y que me parece que este trabajo tendré que asegurarlo en casa.
Volviendo a las actividades en inglés, hacemos actividades acompañando con canciones, por ejemplo; para lavar los dientes cantamos “This is the way we brush our teeth”, para recoger los juguetes cantamos “Clean up, clean up, everybody let's clean up”. Así los pequeños se asocian la actividad con el vocabulario sin darse cuenta.
Pintamos objetos y los nombramos en inglés. Buscamos un objeto entre otras cosas, por ejemplo le digo que busque la estrella entre muchos otros dibujos y lo apunta con el dedo, hablando en inglés, por supuesto. Jugamos con el app @Lingokids, me encanta y también le gusta a Leire. Para ella es un juego, pero está aprendiendo muchas palabras y canciones y solo llevamos una semana. Probarlo, hay más apps, yo he descargado este, la versión gratuita y con esto de momento nos basta.
Para mantenernos en forma, hacemos yoga en casa. Cada uno a su manera. Para ella le he puesto vídeos de youtube de Smile and Learn para hacer posturas de animales y otro vídeo para aprender “saludo al sol” acompañando con una canción, es chulísimo. La verdad que en un piso pequeño y lleno de cosas, prácticamente no tenemos sitio para hacer gimnasia, pero de momento nos apañamos saltando en la cama, saltando a pata coja, haciendo yoga y jugando al pilla-pilla.
Antes no tuvimos nada de tiempo para que mi niña participe en las tareas de casa, para que vea esa parte del día de cuando mamá o papá están limpiando, preparando la comida, haciendo la colada, etc. A los niños les encanta sentirse útiles y participar. Ayer me pidió fregar los platos y se trajo su escalón para llegar al fregadero. Fue un poco desastre, pero bueno, lo intentó. El otro día hicimos tortitas, las masa la hizo ella solita y le encantó. Eso de mezclar cosas a los niños les chifla.
Pero la vida de los cabernícolas a veces es también desesperante. Parece que hasta el tiempo se ha puesto en nuestra contra. Aquí en Alicante, yo no recuerdo que haya habido tantos días de frío y lluvia seguidos. Ni siquiera hemos podido salir al balcón. Y hay gente que no tienen ni siquiera un balcón. A veces me pongo a pensar en todos los niños que no pueden salir a tomar un poco de aire y moverse y se me encoge el corazón. Siento que se nos han quitado la libertad. No entiendo que un perro tiene derecho a pasear y un niño no. Yo soy de Estonia y allí los niños también estudian a distancia ahora. Les recomiendan actividades al aire libre, por ejemplo, las clases de ciencias naturales consisten en salir a los parajes naturales con los padres, actividades deportivas se hacen al aire libre. Es importante mantenerse fuertes y sanos y tomar todo el sol que se pueda para tener las defensas altas. ¿Tiene sentido, verdad?
Y nosotros todos aquí encerrados, ¿qué pasa con nuestro salud físico y sobre todo mental? ¿Cuántos meses podemos quedarnos en la cueva sin volvernos majaras? Nuestras defensas con tanto estrés y miedo que nos están metiendo con las noticias que nos bombardean a todas horas, van a caer bajo mínimos.
Siento por desahogarme así, pero lo necesitaba. Tú también lo necesitas y quiero que lo hagas en los comentarios, cuéntame cómo lo estáis llevando, lo bueno y lo malo.


19 de marzo de 2020

Reseña La caja de los recuerdos



Hemos descubierto en la biblioteca otro libro precioso que quería recomendaros. Se llama “La caja de los recuerdos”.
Autora del texto: Anna Castagnoli
Ilustraciones: Isabelle Arsenault
Editorial OQO
Edad: a partir de 2 años
ISBN: 978-84-9871-077-9
Erase una vez una caja con una estrella rota, no valía gran cosa. Así empieza el cuento que a nosotras nos transmite la sensación de paz y armonía. Un libro que hace reflexionar sobre el valor que damos a las cosas. Las cosas que en principio no valen nada, pero nosotros le empezamos a atribuir un valor sentimental. Igual que la niña protagonista, que a lo largo del tiempo ha ido guardando sus pequeños tesoros en su caja de los recuerdos heredada de su madre y hasta ha puesto nombres a las pierdas que cogió de la playa, cuidaba su pajarito de lana, dándole migas de pan.
A la protagonista le hacía gracia pensar que la caja la había creado ella, como una ostra crea a una perla. La niña comprendió que dejando marchar esas cosas, dejamos más sitio a la imaginación. Justo de la imaginación y la abundancia de cosas he hablado en mi otro artículo: La generación de los niños sin jugar.
Contando en primera persona, nos hace entrar en su maravilloso mundo infantil y nos ponemos en su piel para entender sus pensamientos; haciéndonos partícipes de su evolución y de su generosidad. La autora Anna Castagnoli usa poesía en prosa, que tiene un ritmo mecedor y para mi hija Leire de cuatro años le funcionaba con un elixir para concebir dulces sueños.
Mientras yo me quedo leyendo sola el libro, pensando sobre el simbolismo que hay en él, estudiando las ilustraciones tan curiosas que tiene de Isabelle Arsenault, la ilustradora infantil canadiense galardonada con varios reconocimientos y premios.
Sus ilustraciones combinan varias técnicas como acuarela, rotuladores y collage que combina perfectamente con la naturaleza del texto. Los dibujos van cambiando de un estilo más realista en el principio y cambiando cada vez a más abstracto, mientras la niña se va dejando marchar sus tesoros.
Hay un mensaje muy profundo en este libro: la energía nunca se pierde, sino se transforma, que me recuerda a una ley de física, pero también vale para la energía emocional, diciéndonos que siendo generosos y dejando marchar las cosas, se transforma en más espiritualidad, esa energía que nos retorna algún día en forma de algo agradable. Nada o nadie nos pertenece ni dura para siempre, hay que dejar ir.
Mientras que para al pequeño lector le ayuda por ejemplo entender que es hora de dejar su “mantita” o el chupete, o consolarle porque se le ha perdido su peluche favorito.
El libro termina con una sorpresa, os dejo con ganas de descubrirlo.
Ahora que por las circunstancias debemos quedar en casa por mucho tiempo, esta lectura es ideal para pasar el rato leyendo con tu peque y pensar y valorar las cosas desde un nuevo ángulo.
Nada me haría más feliz que leer vuestros comentarios. ¿Que tal lo lleváis con vuestros peques en casa?

11 de marzo de 2020

La generación de los niños sin jugar




Hace unas semanas estuve en el cumpleaños de una amiga de mi hija. Era un típico cumpleaños en un parque de bolas. Fue divertido para los peques, no paraban de saltar, de tirarse por el tobogán y por su puesto, se disfrazaron. La fiesta culminó con el momento de la entrega de los regalos. Mientras el publico gritaba “que lo abra”, la cumpleañera abrumada de tanto regalo, iba abriendolos uno a uno. Me puse a pensar, cuánto tiempo va a jugar la niña con cada uno de estos juguetes antes de que acaben en el fondo de la caja de los juguetes abandonados. Y en este instante me acordé de un artículo que había leído hace poco en un blog estonio que sigo y me gusta bastante. El autor es un chico joven y carismático, el papá de tres princesas. Su estilo es muy ameno y con humor, con muchas fotografías para ilustrar lo que cuenta. De repente se me ocurrió que mi deber es traducir este artículo para que todos vosotros podáis leerlo. Con el permiso del papá Piltsberg, voy a ofrecerte parte de este post en castellano. Mira también el post original, para ver todas las fotos tan monas que tiene ;)

Se puede decir que yo en la vida soy bastante tolerante. Hay muy pocas cosas que no soporto. De hecho, solo se me ocurren dos cosas que me sientan mal. Son la gente hipócrita y los niños sin jugar. Con la gente hipócrita es fácil, nada más darme cuenta que la persona presenta signos de serlo, dejo de tratarme con ella. Con los niños sin jugar, es un poco más complicado.
Yo en casa tengo tres hijas pequeñas. La mayor es a veces colaboradora de cinco años, en el medio queda la terrible de tres años y la más pequeña es la “bebé zen”. Me gusta mucho cuidar de ellas e intento que nunca estén sin jugar. Sin embargo, me doy cuenta de la cantidad de niños sin jugar que hay en mi alrededor.
Un día me quedé con mi hija mayor en la guardería a jugar.
(En Estonia los niños van a la guardería hasta los 7 años.)
Me llamó la atención un niño que aporreaba con un pieza grande de lego la cabeza del osito de peluche, esto lo hacía bastante intensivamente. Suponía que al peluche no le interesaba mucho la actividad. Me parecía un juego un poco raro, pensando en la seguridad del osito. Pensé preguntar al chico que tipo de juegos son populares entre los niños de hoy, a parte de porrear con las piezas de lego.
Me acerqué al niño y le pregunté con cautela cual era su juego favorito. Enseguida se le iluminaron los ojos. Sin tener que pensar mucho, salió la contestación, que por su puesto el Xbox. Pareció una respuesta de los más lógico. Yo también de pequeño era un fan de las consolas.
Le pregunté, –¿y en el segundo lugar, que juego sería?
Tampoco tardó mucho en responderme.
Playstation es en el segundo lugar.
Yo le dije –¡Ah sí, Playstation, muy bien! ¿Y qué tienes en el tercer lugar?
Entonces ya el niño sí que necesitaba una pausa para pensar.
Después de darle vueltas a su cabeza y al osito de peluche, salió la respuesta, que en el móvil de papá también hay algunos juegos bastante normales. A nuestra conversación se habían unido más chicos que asintieron con la cabeza y afirmaban que para ellos también los juegos del móvil están en el top 3, entre los juegos del ordenador y los videoconsolas. Yo quise saber que si con los juguetes de verdad ya no se juega.
Cuando voy con mis hijas al centro comercial, he notado esta sensación de que un imán invisible empieza a atraer los pequeños cuerpos hacía él. Este imán es la tienda de juguetes llena de tentaciones y estas tiendas nunca están vacías. Entonces parece que a parte de consolas y ordenadores, los niños aún juegan con los juguetes.
Entonces seguí indagando, qué juego estaría en el cuarto lugar. Todo el grupo de chinorris se quedó pensando. Frunciendo el ceño y tirando de la oreja del osito, intentó el principal entrevistado recordar de algún otro juego molón. Me podía imaginar cómo los pokemons, Super Marios con los innumerables juegos de disparar pasaron por delante de sus ojos. Después de una pausa bastante larga de pensar se le encendió la bombilla. En la cara del joven apareció una sonrisa y los ojos se volvieron a iluminar como antes. En el cuarto lugar se colocaron los Legos.
¡Yess, habíamos llegado a los juguetes de verdad! Se unieron los demás chicos con el murmullo de reconocimiento, afirmando que los Legos son verdaderamente “in”.
En este momento yo pudiera haber afirmado con alivio que en la tienda de juguetes la estantería de Legos no desaparecería a corto plazo, pero me había surgido una pregunta más profunda que añoraba una respuesta.
Me acordé durante la conversación que cuando yo tenía cinco años, tuve un buen puñado de juguetes, no demasiados, pero me llegaba para jugar distintos juegos. Mi madre dijo que sin embargo en su infancia había un par de juguetes por cada niño y que ellos usaron todo tipo de cosas de su entorno para jugar.
Ésto me animó también a mí a jugar de esta manera. De modo que cuando había que jugar a la granja, las piñas de los pinos se convirtieron en un gran rebaño de vacas. La tapa de un viejo barril era el timón de un gran barco. El barco era por su puesto el granero, dónde se guarda la leña. Con éste barco navegué todos los mares desde el trópico hasta el ártico. Del viejo radiocasete que encontré en la azotea, hice el cuadro de mandos de mi avión. Se podía pulsar botones y girar ruedas para que el avión no se estrelle. No tenía ni ordenador ni videojuegos, en la tele se podía ver programación infantil solo una hora al día, así que si necesitabas entretenimiento, te lo tenías ingeniar tú mismo.
Tenía muchas ganas de saber si mis interlocutores de cinco años también usaban su imaginación al igual que hacía yo a su edad. Así que les planté la siguiente pregunta: que si ellos también usan los juguetes imaginarios.
En todas las caras apareció un gesto de confusión. Algún amiguete tuvo que meter el dedo hasta el codo en la nariz para intentar sacar de ahí un hilo de pensamiento y luego meterlo en la boca. Pero a parte de masticarlo, no dio ningún otro resultado. Pensé que igual no han pillado muy bien lo que les quise preguntar, así que cogí una pequeña silla y les dije,
Veis, esta silla puede ser un juguete de fantasía.
El niño con el osito hizo una pedorreta y me miró con cara compasiva, como si fuera un vejete senil y dijo:
Hombre, ésta es una silla normal y corriente y no un juguete. Yo no quise tirar la toalla y afirmé que ésta no era ninguna silla, sino el asiento de un coche de carreras. Ahora ya me miraron todos los niños con caras de compasión. Me senté en la silla y pedí que el piloto más atrevido se siente en mi regazo.
Le ordené abrochar el cinturón invisible. O mejor dicho, le ayudé abrocharlo, ya que al principio no lo pilló muy bien cómo hacerlo. Le pusimos al fitipaldi de carreras el casco y encendimos el motor. El coche empezó a temblar un poquito. Los cientos de caballos bajo el capó quisieron impacientemente salir a galopar. Delante de nosotros apareció el semáforo donde empezó la cuenta atrás y cuando el semáforo se puso verde, apretamos el acelerador hasta el fondo. Empezó una carrera de locos con frenazos bruscos, aceleraciones y curvas terribles, el piloto casi se cae del coche, por suerte el cinturón invisible le sujetaba bien. En la meta nos esperaba el público alborotado y cada uno de ellos quería ser el siguiente en andar con el coche. Ahora ya vieron, a parte de mí, también los demás niños el casco, el cinturón, el volante y la carretera con curvas y saltos.
Después el coche se convirtió en aeronave. Más tarde trajimos más sillas y de la composición salió un tren que llevaba pasajeros de Tallín a Tartu. En este tren ofrecían helado de fresa y tenía el techo descapotable para disfrutar de las buenas vistas y la brisa veraniega. Los niños estuvieron jugando con las simples sillas durante horas, perdiendo la noción del tiempo, como si habrían estado sin jugar durante siglos.
Es una paradoja que cuando tenemos algo en abundancia, no lo podemos asumir. Por ejemplo en una gran ciudad por cada 100 habitantes hay más personas solas y añorando el amor que en un pueblo, aunque por metro cuadrado hay muchas más probabilidades de encontrar personas y posibles opciones en una ciudad que en un pueblo. Lo mismo pasa con los niños, la fantasía de nuestros niños se ha quedado atrapado bajo un montonazo de videojuegos, dibujitos y juguetes. Debajo de todo esta montaña se está estirando la pata la pobre fantasía, intentando avisar con su mano temblorosa que quitemos por favor algunas cosas para que no se asfixie.
Hace poco leí un artículo donde se anunciaba que en los países occidentales los niños tienen una media de 150 diferentes juguetes. Cada año reciben unos 50 juguetes más. Esto es demasiado para un niño pequeño. Yo lo sufrí en mi piel.
Cuando nuestra hija mayor fue a la guardería, pudimos organizar la primera vez una fiesta de cumpleaños en el parque infantil. A una fiesta así se puede invitar a todos los compañeros de clase, mas la familia y amigos también. Así hicimos. Como fue la primera vez y eramos papás verdes todavía, no mencionamos en la invitación sobre el deseo del regalo, por esto nos llegó una montaña de regalos. Fuimos a casa con el coche a tope de regalos y la niña tenía la sonrisa de oreja a oreja. En casa la cumpleañera se puso a desenvolver los regalos. En este momento su hermana tenía un año. A esta personita le gustaban más los envoltorios que el relleno que su hermana iba sacando. Por mi tristeza, la mayoría de los juguetes recibieron el tiempo de juego justo lo mismo que costó sacarlos de sus envoltorios, el dinero y la energía que había costado comprar todos estos regalos acabó en un agujero negro. En el mismo año ,en Navidades, se repitió el escenario, la niña sudando bajo una montaña de juguetes. Esta vez eramos más listos y no le dimos todos los juguetes a la vez, así la alegría de abrir juguetes nuevos duró más días. Rápidamente se llenaron las cajas de juguetes y las estanterías. La hija mediana creció y también ella empezó a recibir regalos a punta pala.
Nosotros hemos comprado solo unos poquitos juguetes. A simple vista parecía que se trataba de una infancia de los sueños y aquí hay juego para dar y tomar. Sin embargo, los juegos empezaron a consistir en que las cajas de los juguetes se arrastraron en el medio de la habitación para vaciarlos después. Luego escarbaban un poco en el montón, pero no surgió ningún escenario ni empezó un juego de verdad. La culminación de estos juegos era normalmente la discusión acalorada con mis hijas sobre quién debe meter todos estos trastos en las cajas otra vez. Para su defensa las dos contestaron que ellas no han jugado con estos juguetes. De alguna manera las dos tenían razón, a esto no se podía llamar jugar. Al final me tocaba a mí siempre recoger todo ese desastre.
Un día me cansé de ordenar todo ese lío. Recogí la mayoría de las cosas y las llevé al trastero. Allí las sorteaba en dos montañas, una parte iba directamente a la basura y otra parte a reciclar. Intenté primero que las niñas decidieran con que juguetes se querían quedar. Hasta los juguetes que tenían una gruesa capa de polvo y no habían tenido ni un minuto de tiempo de juego, se convirtieron en cosas con gran valor sentimental para ellas y no se podían hacer desaparecer. Por lo tanto, hice la operación detrás de sus espaldas.
Por mi sorpresa, ninguna de ellas se dio cuenta que los trastos habían desaparecido. Sólo se quedaron cuatro grupos principales; la casa de las muñecas, la cocinita, la caja de los legos y los animales de peluche. En la siguientes semanas las niñas empezaron a pasar más tiempo en su habitación. Los juegos se convirtieron de nuevo en juegos de verdad.
Fui con gusto a comer en su cafetería. Mi combo preferido era la sopa de pelos con el smootie de tortitas. O ayudaba a la familia de ositos a mudarse a su nueva casa de muñecas. Se organizó el teátro de los peluches, donde a primeras nos echaron a mi esposa y a mí, porque no tuvimos las entradas. Por suerte luego nos vendieron las entradas directamente en la primera fila. Mis hijas habían recuperado el juego. Demasiadas cosas les cansaba por lo visto. Su fantasía se liberó bajo toda esta montaña de cosas y se puso de nuevo en marcha.
La cosa se empeora con los juegos de ordenador y de los smartphones. Aún en la abundancia de los juguetes, el niño si encuentra un juguete interesante, él mismo tiene que pensar en el escenario y el entorno. La imaginación, pensando en su futuro y su desarrollo, es de los más necesario. El niño aprende a analizar la conexión entre el hecho y su resultado. Por ejemplo, si en el invierno salgo sin la bufanda, me pongo malo y luego no puedo ir al cine con los amigos. Puedo imaginarme el escenario con diferentes variables. Los juegos de ordenador hacen normalmente todo este trabajo, lo que el cerebro debería de imaginar jugando con los juguetes. En el futuro este niño podrá tener problemas al tomar las decisiones. Seguro que hay juegos de ordenadores que desarrollan el cerebro y les hacen aprender algo o pensar, lo importante es la dosis que consumes.
He visto muchas veces en el tren como las mamás mantienen la pantalla del móvil delante de los ojos de su bebé con el chupete, ella con la mano temblorosa de tanto esfuerzo. El jaleo de “Masha y el oso” se puede oír por todo el vagón. Por lo visto esta actividad es necesario para distraer al niño para que no empiece a chillar. Sin embargo, pronto llega de regalo en forma de la dependencia crónica a las pantallas. Hemos presenciado por nosotros mismos los gritos histéricos de nuestras hijas. Y hemos visto como desaparece al enchufar el dispositivo y como vuelve a aparecer al desenchufar el aparato. Funciona al igual que un ciclo de cualquier sustancia altamente adictiva. Nosotros mismos cometimos hace tiempo ese error de dejar a nuestra hija mayor en los días más ocupadas ver dibujitos de Youtube uno tras otro. Esto terminó de modo que cuando el tiempo de ver los dibujitos había terminado, se cogió un buen berrinche por nuestro comportamiento anormal. -¿¡Cómo vosotros, papás, os atrevéis a quitarme el Youtube?!
Hoy en día controlamos el uso de las pantallas bastante exhaustivamente. Esto funciona bastante bien, ni si quiera nos piden ver dibujitos todos los días, y menos aún se habla de ver el móvil. Ya en el futuro veremos cuando las niñas sean mayores, veremos que estrategias inventar.
Nosotros como padres pensamos que es maravilloso rodear los niños de atracciones y juguetes. Sobre todo cuando de pequeños no pudimos tener todo este nivel. Pero es demasiado para los niños. Con todas estas cosas y actividades estamos criando una generación de niños sin jugar. Enterramos su fantasía y sus ganas de jugar bajo una montaña cosas, quitándoles su derecho primario, que es el jugar.
Como padres hacemos lo que sea para que el niño no diga –me aburro. Pero de hecho, es una frase muy útil. Esta frase marca el límite dónde se vuelve a despertar su creatividad.
Deja que el niño de vez en cuando se aburra. Prueba despejar la habitación de los juguetes dejando sólo los más importantes. Ya verás que pronto se saca de nuevo la olvidada cajita de lápices de colores o se vuelve a construir una torre más alta del mundo con los legos. A la vez, podríais pasar una cuaresma de pantallas por una semana, tanto tú como el niño. Puedes darte cuenta que de pronto tienes más tiempo para leer libros, lo que estuviste esperando ya años. O te encuentras tumbada boca abajo en la alfombra con tu hijo pintando los vestidos rosas de las princesas o montando una torre de legos. De todos modos crearás así más recuerdos que esa pantalla azul puede crear.
En los cumpleaños pide que el regalo lo traigan en un sobre. Con ese dinero podríais pasar un finde con la familia en un Spa o ir a un parque temático. Seguro que esta experiencia da al niño más felicidad que un regalo que tras pasar la alegría de descubrimiento se deja tirado en una caja. Y si habría un juguete que el niño lo añora mucho, deja que se esfuerce para conseguirlo. Haz que lo dibuje, que cuente las mil maneras que va a jugar con este juguete cuando lo tenga, que ahorre dinero haciendo pequeñas tareas. Al terminar, ha aprendido una valiosa lección: el esfuerzo lleva al éxito. Lo más seguro que el niño apreciará este juguete y lo tratará con más cariño y respeto de este modo, al contrario que las cosas que le compras sin más.
Éstos son mis pensamientos y descubrimientos personales que devuelven al niño sus ganas de jugar. Seguro que tú también tienes tus propias experiencias e ideas. No seas egoista y comparte tus experiencias con los demás. Así juntos motivando unos a otros y comentando quizás no tendremos que hablar más de la generación de niños sin jugar.

Espero que os haya gustado el artículo de papá Piltsberg y os haya hecho pensar como a mí. No olvides de compartirlo con tus amigos que les pueda venir bien leer esto.


5 de marzo de 2020

¿Quién está detrás de Cuentos en la Nube?



Hoy quiero hablar de mi amiga Amaia y su Cuentos en la Nube. Nos conocimos hace muchísimos años cantando en una coral de Ayegui, un pueblo pequeño de Navarra.
Formamos una cuadrilla de “jóvenes” de un coro dónde la mayoría eran 60+ :D
Cuando Amaia se convertió en mamá y yo también tuve el mismo proyecto en mente, fue ella mi guía en este camino. Me prestó los libros de Carlos González, me habló de la lactancia y el grupo de apoyo que había en Estella. Eso de ser madre primeriza y sin haber visto un bebé de cerca no es poca cosa y se necesita preparación. Qué bien me vino después toda esta información.
Recuerdo que un día estuvimos con nuestros peques en el parque de bolas y nos pusimos a hablar de los cuentos. Ella hace poquito que había creado su canal de Youtube para poner voz a los cuentos y me dijo algo así como:
-Tú escribe los cuentos y yo los subo a la nube, jaja.
En este momento en mi cerebro sonó una campanita.
«¿Y porqué no?», pensé.

Y mira ahora dónde estamos. Amaia se mudó a Arganda del Rey y se ha convertido en la reina de los cuentos. Lo que empezó siendo una actividad con su hijo y que les encantaba a los dos, poco a poco se tomó forma de algo extraordinario y se demuestra una vez más que si haces algo con pasión, puedes llegar muy lejos.
A parte de este canal de Youtube Los cuentos en la Nube, Amaia hace también cuenta-cuentos. Es una actriz de mucha calibre. Los miembros de nuestra cuadrilla del coro además eran casi todos los actores amateur del teatro Kilkarrakk de Estella. Y yo el fan numero uno. Había obras de mucha clase y papeles muy variados. Lo cuento por esto, que los que sólo le habéis visto hacer cuenta-cuentos, que sepáis que Amaia tiene muchas facetas.


El propósito de Cuentos en la Nube es fomentar la literatura infantil. La idea no es enchufarle el tablet al niño para que vea estos vídeos, sino que entre los dos encontréis un cuento que os guste y lo tengáis en casa para leer, que aprendas ponerle voz al cuento y que lo disfrutéis leyendo.
A parte de los cuentos que Amaia elige y cuenta, últimamente le llegan muchos encargos de booktrailers. Y desde entonces, su hobby se ha convertido en una profesión de lo más divertido.
Yo diría, un sueño hecho en realidad y por casualidad. ¿A quién no le gustaría trabajar de lo que más le gusta? Desde los primeros videos hasta ahora se ve una evolución hermosa, ahora los dibujos se mueven, parece magia. Y es que ella hace magia de verdad con los cuentos. No me extraña que tenga cola para hacer booktrailers.
Aunque para poder cumplir, hay que esforzarse mucho y a veces robar horas de sueño, no es fácil ser mamá de un niño pequeño y trabajar desde casa. Lo digo por mi propia experiencia, eso de trabajar en casa parece que es lo más cómodo y fácil, la realidad es que hay muchísimas distracciones. Hasta el punto que llegas a poner un cartel en la puerta al estilo: “Prohibido entrar, mamá furiosa trabajando aquí dentro”.
No puedo esperar que llegue el momento que mi pequeño cuento también se suba a esta nube tan hermosa.
Venga, ¡echad un vistazo a esta nube y buscad vuestro próximo cuento favorito!


19 de febrero de 2020

Reseña "Sara y Pelanas, un poni melenudo"



         Hace poco fuimos a la biblioteca y encontramos una joya, os quiero hablar de “Sara y pelanas”.

Editorial: Los Cuatro Azules
Autor: Jan Birck
Edad recomendada: de los 4 años hacía adelante

Hoy en día hay muchos niños que se pueden sentir identificados con la protagonista, Sara. Su madre no tiene tiempo para ella porque trabaja de noche y duerme de día. 
Además se acaban de mudar y su madre no para de taladrar. Sí, las mamás también saben taladrar ;) 
Sara necesita un amigo, pero los niños del barrio no la aceptan y la mandan por donde ha venido. Ella se refugia en sus libros favoritos, sobre los indios cabalgando con sus caballos. Meditando sobre esto, Sara ya tiene claro que quiere un caballo, un amigo. El único problema sería que no cabe en el ascensor, así que opta por un poni.
Sara es muy independiente, (y qué le queda), va a conseguir uno por su cuenta en la tienda donde se vende de todo. Aunque al final este amigo no resulta ser como ella pensaba, lo que realmente importa es que son amigos.


Con la ayuda de Pelanas consigue conquistar los corazones de todos los niños de su barrio.
Me ha gustado mucho la historia, este libro realmente cuenta una historia que habla de varios temas importantes y muy actuales hoy en día, los padres tienen que trabajar y no tienen tiempo para sus hijos. También se puede entender que Sara tiene un papá, pero no está con ella y le hecha en falta.
Se habla de bullying, el rechazo que tuvo que aguantar al mudar a un nuevo barrio. Me ha gustado que ella misma es capaz de solucionar sus problemas. Y el tema principal, el valor de la amistad, aunque el amigo no resultó exactamente igual que ella se lo imaginaba.
Me encanta el humor que tiene este libro, el tono desenfadado que trata estos temas tan duros y hace que la lectura sea agradable y entretenido. Me ha hecho reír mucho la escena de la vecina que cuida de Sara por las noches y su perro salchicha roncando en el sofá. Aunque a mi hija de cuatro años le hacían gracia otras cosas. Es porque este libro tiene varias capas, una dirigida para el pequeño lector y otra para el adulto que lee el libro para el niño.
También me han parecido ingeniosos los diálogos, por ejemplo, entre el tendero y Sara negociando la venta del “poni”.
Las ilustraciones son muy originales con esos tonos pasteles, tan distintas a las que suelo ver en los libros infantiles, impreso sobre un papel grueso y con textura.
El libro lo leímos un montón de veces y hasta tuvimos que renovar porque Leire no quería que lo devolviese a la biblioteca. Una lectura muy recomendable.
Puedes comprarlo aquí.
Si ya lo has leído, comentame qué te ha parecido y si te ha gustado, compartelo para llegue a más niños. ;)

12 de febrero de 2020

Nuestro ritual para ir a dormir sin llorar


Supongo que cada uno de vosotros que tengáis hijos pequeños habéis ingeniado un plan estratégico para dormir vuestros niños.
Yo si me pongo a recordad cuando era pequeña y llegaba la hora de prepararse para ir a la cama, me sentí insegura, porque la noche era un mundo desconocido y un poco aterrador al que tenía que enfrentarme yo sola. Para eso necesitaba una preparación especial; no podían faltar unos elementos muy importantes como mi peluche (yo tenía un elefante azul), uno o dos cuentos que me leía mi mamá o la abuela, una nana y varios besos de mamá.
Ahora, siendo yo mamá, el ritual de ir a la cama es la parte importante del día y también uno de nuestros momentos favoritos. Después del baño, de poner el pijama y de lavarse los dientes, que a menudo se convierte un caos, llega la calma.

Ésta es nuestra estantería de libros de cuentos. Primero elegimos los cuentos. A veces mi hija Leire me trae un montón de libros y los amontona en la mesilla de noche y yo me río.
- De verdad, Leire, vamos a poder leer todos estos libros esta noche? - le pregunto incrédulo.
Entonces nos metemos en la cama. A veces es un bien momento de repasar las cosas que han pasado durante el día. En el momento de salir del cole le pregunto siempre de cómo le ha ido el día, pero a menudo no me sabe contar nada y me quedo con ganas de saber qué hacen en el cole. Sin embargo, cuando estamos a solas, se acuerda de algún detalle o anécdota y me cuenta sus cosas.
Después se agarra su peluche y nos ponemos a leer. A veces leo yo y otras veces me cuenta ella un cuento de memoria o directamente se lo inventa sobre la marcha; éstos son los mejores. La fantasía de los niños es algo superior.
En muchas ocasiones, en vez de leer el texto tal cual, improviso, describo detalles que se ve en la ilustración, pongo voces a los distintos personajes y a veces incluso me convierto en un personaje que sale del libro e interactúa con ella. Es el momento de risas, de jugar, etc.
Luego, cuando ya nos cansamos de leer, le canto una de las muchas nanas que hay en nuestro repertorio. Una nana terciopelada es un vehículo perfecto para viajar al país de los sueños.
Llegados a este punto, me gustaría hablar un poco de mi primer libro “Es de noche”, que pronto saldrá a la venta. 
El título me lo dio mi hija Leire, que cuando tenía dos añitos, cada vez que una nube tapaba el sol, me preguntaba que si ya es de noche. Es un cuento en rimas, donde he añadido todos estos detalles importantes para dormir y también algunos animales favoritos de mi hija Leire, como por ejemplo caracoles. En el cuento vemos como todos estos animales se preparan para la noche y al final hay una nana que canta la mamá oso a su bebé. La nana al principio solo eran unas rimas, pero pronto me di cuenta que sin una melodía no sería una nana de verdad, le compuse la música. La canta mi hija y yo con acompañamiento de ukelele. La canción se puede descargar y escuchar en el móvil.

¿Y cual es el vuestro ritual para ir a dormir? Cuéntamelo en los comentarios y si te ha gustado el artículo, compartelo y hacemos que el mundo de nuestros peques sea un poco mejor.